viernes 6 de noviembre de 2009

Mis favoritas de Rohmer

Antes de comenzar, me gustaría advertir que éste no es un post de recomendación cinéfila. Si has visto la filmografía de Eric Rohmer, me alegro, pero si no es así, no seré yo el que te la recomiende. Entre mis amigos y yo nos intercambiamos bastante información acerca del cine que nos gusta, pero procuro hablar poco acerca de Rohmer porque no quiero perder amistades. Es algo que hay que hacer con fuerza de voluntad. Jamás le diría a uno de mis colegas "tienes que ver Mi noche con Maud", porque seguramente después de verla, hay un 90% de posibilidades de que me mande a freír espárragos.



Sin embargo, mi opinión sobre Rohmer y su cine es clara. Le adoro. Tras Truffaut, es con diferencia el autor que más me gusta de la Nouvelle Vague y la etapa posterior a ésta. No tengo preferencias en cuanto a los distintos periodos de su trabajo, muchos prefieren sus Cuentos Morales, otros las Comedias y Proverbios o los Cuentos de las Cuatro Estaciones, a mí me da igual. Admito que la primera vez que vi una película suya me costó bastante entrar en ella. Para disfrutar del cine de Rohmer hay que pasar por un proceso de adaptación que a veces es duro, y yo soy el primero en reconocerlo, pero una vez que has sido absorbido por su mundo, también reconozco que los placeres que me ha otorgado visionar su obra han sido impagables. Es cierto, puede que sus películas siempre sean la misma desde un punto de vista diferente, pero también siento que cada una cuenta algo en particular, porque dentro de ese mismo esquema, la ambición y la preocupación de los personajes es distinta.

La Coleccionista (1967)
Una de mis grandes fuentes de inspiración. La Coleccionista es con seguridad la que más me gusta de toda su obra. Por supuesto, esto no quiere decir que sea su mejor película, pero para mí, sentir plena empatía y compartir pensamiento con alguno de los personajes protagonistas de cualquier filme es algo que me supera, y aquí eso se cumple de una forma inimaginable con Adrien, el personaje que interpreta Patrick Bauchau, un coleccionista de antigüedades que se va a pasar unos días de relax a la casa de un amigo en el campo. Su intención es desconectar de todo lo que le rodea, pero en esa absoluta tranquilidad aparece la joven y sensual Haydee (Haydée Politoff), que cada noche viene acompañada por un chico distinto, turbando la relajación de Adrien, incapaz de resistirse a sus encantos.



Mi noche con Maud (1969)
El tercero de los Cuentos Morales y posiblemente su película más emblemática. Por este guión, Rohmer estuvo nominado al Oscar en dicha categoría. Es quizás demasiado espesa y filosófica, pero esa sensación se modera cuando comienzas a comprender los temas que los personajes están tratando. Está interpretada por el siempre creíble Jean-Louis Trintignant, un chico católico que se enamora de una chica que ve en la iglesia, pero que tiene que lidiar con la inseguridad de sus creencias al pasar una noche a solas con Maud (François Fabian), una guapa burguesa con la que pondrá a prueba sus principios morales. Me parece digno también resaltar un diálogo que suscribo al cien por cien: "las matemáticas sólo son un pasatiempo intelectual".



La rodilla de Claire (1970)
Es una de sus películas más populares en España, un prestigio que consiguió cuando se alzó con la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián. Rodada en los maravillosos alrededores del Lago de Annecy, actúan Jean-Claude Brialy y Laurence de Monaghan, y nos cuenta la historia de Jerome, un hombre casado que intenta seducir a una joven llamada Claire, de quien se ha quedado fascinado y cuya obsesión es poderle tocar la rodilla. Una clara muestra de lo que es Rohmer y de lo erótico y sensual que puede llegar a ser su cine.



Pauline en la playa (1983)
Ganadora del Oso de Oro en Berlín, ésta es una película muy especial, puesto que representa el final de la colaboración entre Rohmer y el gran director de fotografía barcelonés Néstor Almendros, ganador de un Oscar por Días del Cielo de Terrence Malick, además de otras nominaciones (Kramer vs. Kramer, El lago azul, La decisión de Sophie).
De nuevo con la estructura famosa y personal del director francés, tenemos a Pauline (Amanda Langlet), una dulce chica de 15 años que va acompañada de su prima Marion para pasar unos días de vacaciones en la playa. Allí, Pauline conoce a Sylvain, un chico de su edad del que se enamora, y Marion se reencuentra con Pierre, un viejo amigo que todavía sigue enamorado de ésta, pero el sentimiento no es mutuo, ya que Marion se ha encaprichado de otro hombre llamado Henri. Toda una disección de lo complejas que pueden llegar a ser las relaciones amorosas. Es uno de los filmes de Rohmer que más gustan, de hecho, hasta existe un grupo de música español llamado Pauline en la playa en honor a ella.



El rayo verde (1986)
Una de las mejores películas de la etapa de Comedias y Proverbios. Tomando como título la famosa novela del escritor Julio Verne y contando con la soberbia participación de Marie Rivière, una de sus actrices fetiche, Rohmer nos habla esta vez de Delphine, una mujer solitaria e incomprendida en busca de su príncipe azul. Delphine viaja sola o en compañía para paliar su tristeza, el problema es que ella no es muy dada a relacionarse con la gente y tiene un particular modo de ver las cosas, tanto que en muchas ocasiones todo resulta bastante cómico dentro de la propia desesperanza de la protagonista.



Cuento de verano (1996)
Quizás tengo más en consideración Cuento de invierno o Cuento de otoño, pero prefiero señalar Cuento de verano como una de mis favoritas. ¿La razón? No lo sé, tal vez sea la nueva aparición de Amanda Langlet (la joven y dulce Pauline) ya convertida en toda una mujer, aunque aquí la protagonista no es ella, sino un jovencísimo Melvil Poupaud interpretando a Gaspard, un chico que llega al pequeño pueblo costero de Dinard (como siempre Rohmer y sus idílicas localizaciones) buscando a su novia Lena, pero una vez allí, Gaspard no consigue dar con ella, y durante su estancia se enamora de otras dos chicas, Margot y Solene.



No me olvido tampoco del resto de la filmografía con la que tanto me ha hecho disfrutar este admirable cineasta, Eric Rohmer, que a sus noventa años todavía sigue haciendo películas.
De todas formas y tras todo esto, siempre que alguien escribe algo acerca de lo que le agrada, también conviene recordar de vez en cuando las palabras que decía Patrick Bauchau en La Coleccionista: "mis gustos no tienen por qué ser buenos".

domingo 1 de noviembre de 2009

Aquellos maravillosos oldies

Hace unos días, mientras tomaba unos gin tonics con unos amigos en un bar, mis oídos comenzaron a percibir los primeros compases de Heart of Glass, el archiconocido tema de Blondie. Puede sonar algo muy normal, pero en los tiempos que corren, no lo es. Hoy día escuchar a Blondie en una discoteca española no es nada fácil, incluso puede resultar una escena de lo más surrealista, sobre todo cuando la inmensa mayoría de locales acostumbra a pinchar otras cosas similares a lo que habitualmente conocemos como música, pero que para mí sólo son derivados de ésta.



Así que me puse a pensar en la preciosa Debbie Harry y sus chicos, en Blondie, el único grupo de la historia que ha sido número uno en los 70, en los 80 y en los 90, y de repente recordé que tenía un blog, y que en él yo podía poner la música que me diera la gana, y ya de paso, inducir a alguien que lleve una discoteca u otro tipo de nightclub a que se siga poniendo un poco más de este genial conjunto y de otros grupos oldies, y conseguir así levantar los ánimos de una generación que vive musicalmente perdida, entre otros muchos conceptos. Y muchos dirán "nosotros ya lo hacemos", y otros simplemente responderán "utopía".

miércoles 28 de octubre de 2009

Cuánto comunismo llevo dentro, por Thomas Brussig

Éste es un texto escrito por Thomas Brussig, guionista y novelista de las obras Héroes Como Nosotros, La avenida del Sol y Viviendo como Hombres entre otras. Fue publicado por El País Semanal el 18 de Octubre de 2009 dentro del reportaje homenaje a los 20 años de la caída del Muro de Berlín.

Cuando cayó el muro, yo tenía 24 años. Por aquel entonces trabajaba de conserje en el Palasthotel de Berlín Oriental, el hotel de cinco estrellas más grande de la RDA, un hotel donde se aceptaba moneda extranjera y en el que se alojaban casi exclusivamente agentes comerciales y turistas del hemisferio occidental. Fue uno de los muchos trabajos no cualificados en los que me metí después de la selectividad y el servicio militar. Los estudios que habría podido empezar no entraban dentro de mis planes, ya que no quería que me pudieran chantajear. Quería convertirme en un hombre honesto, quería decir lo que pensaba y hacer lo que quisiera. Así que tuve trabajos en los que a mis jefes les daba igual lo que hiciera al terminar la jornada y escribí con calma una novela, que no fue ningún hito del movimiento disidente de Europa del Este. Pero tenía una afición y, esperaba, también talento para escribir, de modo que al principio sólo quería descubrir si también podía hacer eso: escribir una novela. Que el muro fuera a desaparecer prácticamente de la noche a la mañana y que el sistema autoritario socialista sencillamente se desmoronaría, era algo que no se me pasó nunca por la cabeza.



A menudo me preguntan cómo viví la caída del muro y cómo fueron mis primeras experiencias en el Oeste. Esto nunca lo he contado porque hay algunos episodios que me dan vergüenza. Pero ahora, 20 años después y en un periódico español, puedo romper mi silencio.
La caída del muro en sí me la perdí. Esa noche estuve en casa de Matthias, un bohemio que tenía un círculo de amigos muy numeroso e interesante. Siempre que iba a casa de Matthias (y siempre iba sin avisar, ya que Matthias, al igual que la mayoría de los que vivían en la RDA, no tenía teléfono), había gente interesante y entusiasta sentada en el sofá tomando un té y resolviendo los enigmas del universo. El té venía de una tetera que estaba hecha de cristal de Jena. Matthias nunca había lavado esta tetera, sólo la enjuagaba, así que el interior se iba revistiendo de una capa cada vez más oscura. En algún momento, decía Matthias, la capa ocuparía toda la tetera y ésta se convertiría en una piedra. Y cuando eso sucediera, afirmaba Matthias, “será necesaria la primera sílaba de los enigmas del universo”. Así que la noche del 9 de noviembre la pasé con los bohemios de Berlín Este en casa de Matthias, hablando de Dios y del mundo y, obviamente, de política, y mientras volvía a casa en plena noche por las calles vacías (debían de ser las dos y media de la mañana más o menos), un ambiente extraño reinaba en la ciudad. En bastantes pisos resplandecía la típica luz azulada que denotaba el uso de un televisor en blanco y negro. U oía radios en las que reporteros muy alterados informaban de un acontecimiento. No llegué a entender lo que era, pero algo había pasado, eso estaba claro. Que a esa hora estuvieran encendidos tantos televisores, no era normal. En los diez minutos que tardé en llegar a casa estuve pensando en lo que podría haber pasado y comprendí que debía de haber caído el muro. Por la escalera de mi casa me empecé a ilusionar con el hecho de encender la radio en mi apartamento y oír la noticia de la caída. Pero ¿salir a la calle? Estaba demasiado cansado para salir en ese momento, aunque mi casa se encontraba sólo a unos 200 metros del muro de Berlín.



El día siguiente, por la tarde, fui a Berlín Oeste. Para ello tuve que cruzar un paso fronterizo. Aunque me dijeron que el muro había caído, en realidad seguía estando allí. Sencillamente, todos los pasos fronterizos estaban abiertos. Decenas de miles de personas querían pasar al otro lado, querían ver lo que no habían podido ver en todo ese tiempo: el Oeste. Los berlineses occidentales nos recibieron con júbilo y plátanos. A los pasos fronterizos llegaban camiones desde los que se repartía café, barritas de chocolate y, como he dicho, plátanos. Una empresa llamada Schering repartía mapas de la ciudad, lo que me pareció muy práctico. Nunca había oído hablar de dicha empresa, y le pregunté a una señora que me dio un mapa de la ciudad si Schering era una aseguradora. “Una empresa farmacéutica”, me contestó.
Como la muchedumbre era increíblemente numerosa, me metí por las callejuelas para hacerme una idea del “Oeste normal”. Llegué a calles que, por lo que ahora sé, son las más anodinas y menos interesantes que ofrece Berlín Oeste: explanadas industriales en las que las plazas con chatarra se alternan con naves de almacenamiento y de expedición. Lo que enseguida me llamó la atención del Oeste fueron los enormes carteles de publicidad, tan grandes como una pantalla de cine. En uno de estos carteles había un anuncio de comida para perros: un bote y, al lado, un platito con el contenido del bote. Me quedé mirando el cartel y entonces ocurrió: la comida para perros me recordó al gulash y se me hizo la boca agua. Ése fue el momento en que el Oeste quedó desmitificado para mí. Cuando te despiertan el apetito con comida para perros, están yendo demasiado lejos, me dije.



El primer año de libertad fue asimismo el más bonito. Lo bonito fue que constituyó una experiencia entre muchas: pude compartir mis sentimientos con muchas personas. Precisamente al principio, muchas personas (incluido yo) utilizaron la libertad para vivir o de alguna forma llevar a la práctica la imagen que tenían de sí mismos. La libertad de ser aquello que siempre habías querido ser le dio a ese año un esplendor incomparable. El que se sentía llamado por la política pasaba a ser miembro de uno de los muchos movimientos que surgieron o, aún mejor, fundaba su propio partido (y, de hecho, fue ese primer año precisamente el que produjo tantos rostros nuevos e interesantes). El que sentía pasión por el dinero se hacía tarjetas de visita en las que, junto al nombre, estaba escrito “director” y comerciaba con coches o antigüedades. El que siempre había querido tener un bar podía abrir uno sin ningún esfuerzo (y en la mayoría de los casos se arruinaba). Yo me consideraba en primer lugar un escritor novel; en segundo lugar, una persona enclaustrada, y en tercer lugar, un intelectual reprimido. Como escritor novel, envié el manuscrito de mi primera novela a la editorial más famosa de la RDA, la editorial Aufbau; como persona enclaustrada, emprendí con mi hermano un viaje por Estados Unidos de cuatro semanas y media en un coche alquilado en el verano de 1990 (las vacaciones más bonitas que había tenido nunca), y como intelectual reprimido, en abril empecé a estudiar sociología en la Universidad Libre de Berlín Occidental. Era una especie de acto reflejo frente al comunismo (y, por tanto, un acto de libertad sólo a medias). Quería por fin reflexionar acerca de nuestro mundo, de los motivos que impulsan las acciones humanas y de las sociedades en categorías y conceptos distintos a los que se me habían impuesto durante años. Durante un tiempo estuvo bien, pero cuando después de algunos trimestres tuve que reconocer cada vez más a menudo que leía textos de 30 o 40 páginas sin haber entendido en absoluto de qué trataban, revisé la imagen que tenía de mí mismo como intelectual reprimido y empecé a estudiar escritura de guiones en la Escuela Superior de Cine, unos estudios que, al final, hasta llegué a terminar.

Esta imagen de mí mismo como persona enclaustrada no me produjo mucho dolor a lo largo de los años: gracias al muro y la nostalgia ligada a él, las invitaciones para viajar al extranjero siguen siendo para mí algo absurdamente valioso incluso después de 20 años de libertad de movimiento. No puedo rechazar estas invitaciones, del mismo modo que mis padres, que conocieron el hambre de la guerra y la posguerra, no podían tirar un trozo de pan. Y siempre que piso territorio extranjero no puedo evitar tener el pensamiento profano de que este viaje no estaba previsto para mí, que en un momento determinado me resultaba igual de impensable que un viaje a la Luna y que es el resultado de un cambio radical.

Sin embargo, ¿cuánta RDA, cuánto comunismo sigo llevando dentro? Para mí es una pregunta (o una suposición) normal que un alemán oriental en Alemania se tiene que plantear, ya que con la unidad alemana los alemanes orientales no sólo recibimos el bonito marco alemán, sino también a los alemanes occidentales, que presumían de saber cómo funciona la libertad.



La verdad es que la unidad alemana es la cuestión dominante y omnipresente de los últimos 20 años, por lo menos para los alemanes orientales. Tengo la sensación de que el este de Alemania, es decir, aquellos que viven “en libertad” desde hace 20 años, no pueden reflexionar acerca de su libertad, porque el proceso de adaptación a la sociedad alemana occidental, con todas sus leyes, autoridades y disposiciones, todos los rituales para presentar solicitudes, requiere mucho tiempo. Aunque todo tuviera la etiqueta de “libertad”, lo que estaba escrito en letra pequeña era simplemente demasiado.

He aprendido algo sobre la libertad. Por ejemplo, que un Estado que garantiza las libertades civiles (libertad de prensa, libertad de opinión, etcétera) no produce automáticamente personas libres. No eres una persona libre sólo porque vivas en una sociedad libre, en un país libre. Ser una persona libre es tarea de todo individuo, día a día. Está claro que puedes ser libre si cierras los ojos y cantas. Pero si tienes dinero, es más fácil ser libre. La libertad es un ideal importante y tentador y, al mismo tiempo, una promesa por la que es fácil dejarse engañar. Por tanto, es posible que el concepto de libertad sea el concepto más malinterpretado de nuestros tiempos, no sólo en discursos políticos o en la publicidad, sino también debido al hecho de que se suele confundir con un sinónimo de falta de respeto o irresponsabilidad. No obstante, el tono solemne de la libertad no se ve afectado por eso, lo que demuestra lo poderosas que son las sensaciones que la palabra libertad despierta en nosotros. Es un milagro que el tono solemne de la libertad sea aún más fuerte que la ridiculización de dicho tono.

Y una de las alteraciones más profundas de la imagen que tengo de la humanidad fue descubrir hace unos años que no todas las personas quieren la libertad, que no para todas las personas la libertad es un regalo. Algunos se sienten atemorizados, abrumados. Hay personas que necesitaban la RDA. John Irving exponía en su primera novela, Libertad para los osos, una parábola sobre la libertad fácil de retener. Habla de dos estudiantes que planean un complot para liberar a los animales del zoo de Viena y al final lo llevan a cabo. Entre los animales que todavía están encerrados se desata el caos y bastantes pagan el precio de la libertad con su vida. Para estos animales, el breve momento de la libertad termina de una forma igual de cruel que para otros era el estar encerrados.

A menudo me preguntan en qué me habría convertido si no hubiera caído el muro y si todavía existiera la RDA. Soy capaz de imaginar muchas cosas, pero ésa no. No puedo responder a esa pregunta. No sé si habría llegado a ser escritor, si habría podido publicar en la RDA o si me habría ido al Oeste, si podría haber completado realmente mi plan y me habría convertido en una persona honesta. Nunca me ha atraído la idea de escribir una autobiografía. Pero escribir una autobiografía como si nunca hubiera existido el punto de inflexión de 1989-1990, que dividió mi vida en un “entonces” y un “ahora”, eso sí que sería un desafío.

jueves 22 de octubre de 2009

American: the Bill Hicks Story

En el Festival de Cine de Londres se presenta estos días 'American: the Bill Hicks Story', un documental que cuenta con la narración de algunas de las personas más cercanas al que para mí ha sido uno de los monologuistas más grandes de todos los tiempos, Bill Hicks, fallecido en el año 1994 a causa de un cáncer de páncreas.



Son incontables las veces que me he reído con sus monólogos, muchos de los cuales casi se podrían definir como "clases para la vida y obviedades básicas", y es que por mucho que los veas una y otra vez, siempre te siguen produciendo la misma gracia.



domingo 18 de octubre de 2009

El príncipe de Sundance y Zooey Deschanel en (500) Days of Summer

Ciudad de Los Angeles. Él (Joseph Gordon-Levitt) estudió arquitectura aunque ahora malgasta su talento escribiendo tarjetas de felicitación. Ella (Zooey Deschanel) es un espíritu libre que comienza a trabajar en la misma oficina que él como secretaria del jefe. Ambos se conocen y descubren que tienen infinidad de gustos en común, empezando por la genial música de los Smiths. Él se enamora perdidamente de ella. Ella no. Ésta es a grandes rasgos la premisa inicial de '(500) Days of Summer', aquí llamada 500 días juntos.



La película se presentó en el último Festival de Sundance, y el pasado verano se estrenó en todo Estados Unidos, siendo enormemente elogiada por la crítica. El próximo 23 de Octubre llega a los cines de España, aunque no sé por qué ya me estoy oliendo una paupérrima distribución. Espero equivocarme, pero ésta es la eterna condena del cine independiente. Dirige el debutante Marc Webb, y firman el guión Scott Neustadter y Michael H. Weber.



Joseph Gordon-Levitt, el llamado príncipe de Sundance y por consiguiente una de las figuras principales del cine indie norteamericano, es conocido por sus papeles en películas como '10 razones para odiarte', 'Brick' (esa joya noir de la que ya hablé una vez) o 'Mysterious Skin', y Zooey Deschanel, ese rostro y esa mirada, ha intervenido en otras películas como 'Casi Famosos' de Cameron Crowe, 'Guía del autoestopista Galáctico' y 'El Incidente' de Shyamalan. Aparte del enorme aliciente que es para mí tener en la pantalla a dos jóvenes actores de los mejorcito de su generación como los que acabo de citar, hay algo que siempre me encanta en este tipo de películas: la banda sonora. En (500) Days of Summer se escuchan temas de Spoon, Wolfmother, The Clash, The Temper Trap, y por supuesto, de los chicos de Morrisey: The Smiths. No sé vosotros, pero yo tengo bastantes ganas de verla.

martes 13 de octubre de 2009

Death to the Tinman

'Death to the Tinman' es un cortometraje escrito y dirigido por Ray Tintori. Quedaros con el nombre de este chico. En el 2007 recibió una mención especial de parte de los miembros del jurado del Festival de Sundance por este trabajo, que nos cuenta con buen ritmo y una factura impecable los orígenes de la historia del Hombre de Hojalata, uno de los personajes de El maravilloso Mago de Oz.

sábado 10 de octubre de 2009

Éste es nuestro Woody

En los últimos años Woody Allen nos había ofrecido algunos productos que aunque bien es cierto que poseían una calidad aceptable, no estaban a la altura de lo que nos había dado décadas atrás. También es cierto que como siempre, ha habido excepciones. Esas excepciones se llamaban 'Todo lo demás', una película que considero infravaloradísima, algunos momentos de 'Un final made in Hollywood', y... bueno, y 'Match Point' diremos, aunque se trate casi de un remake de 'Delitos y Faltas'. El resto (Scoop, Melinda y Melinda, El sueño de Casandra, Vicky Cristina Barcelona...), aun siendo buenas películas con grandísimos momentos de cine, no tenían esa brillantez única que Allen ha recuperado y con nota en Whatever Works (Si la cosa funciona).



En esta ocasión Woody ha contado con un genio de la comedia, Larry David, este señor que veis en la foto de arriba, creador de la maravillosa serie de televisión 'Seindfeld'. Aparte de su enorme actuación y del guión y la dirección de Woody, me gustaría destacar el trabajo de Harris Savides, el director de fotografía, un trabajo del que muy superficialmente se suele hablar a pesar de su importancia. Savides hoy por hoy es probablemente uno de los mejores profesionales en su campo con permiso de Roger Deakins. Harris utiliza siempre una paleta de colores austeros con los que consigue un estilo naturalista capaz de embriagar a los ojos. En 'Si la cosa funciona' pone esas formas en práctica con Nueva York como escenario. Woody Allen siempre ha sabido cómo retratar a la perfección su ciudad, y siempre se ha rodeado de lo mejor de la cinematografía. Gordon Willis y Javier Aguirresarobe son buenos ejemplos de ello.



En Whatever Works, Larry David interpreta a Boris Yellnikoff, álter ego del propio Allen. Boris es un genio en mecánica cuántica con un constante pesimismo hacia la vida. Es una persona neurótica, poco sociable y antipática. Enseña a jugar al ajedrez a "críos estúpidos", tiene constantes ataques de pánico y ha sobrevivido a un intento de suicidio. Su vida da un giro cuando encuentra en el portal de su casa a Melody, que es todo lo opuesto a él, una chica inculta, boba e inocente interpretada por esa joven tan guapa y adorable llamada Evan Rachel Wood. Incomprensiblemente, Melody pronto se empieza a sentir atraída por Boris, pero cuando su madre, la siempre notable Patricia Clarkson hace acto de presencia, no puede creer que su hija esté con este hombre, así que con unos métodos poco honrados, le buscará un nuevo novio. La trama finalmente se acaba convirtiendo en toda una serie de desbarajustes increíbles que nos deja una moraleja bastante instructiva. Toda una lección sobre la vida, además de un buen consejo de parte de Woody que a veces no tenemos en cuenta: "Si la cosa funciona, no hace falta ser un genio para triunfar o ser feliz".

miércoles 7 de octubre de 2009

El guión más triste y divertido

Ésta debe ser la enésima vez que hablo de 'The Squid and the Whale', y no me canso. Para mí es sin lugar a dudas uno de los mejores guiones que se han escrito en los últimos tiempos. Muchos comparten esta opinión, aunque Noah Baumbach es el tipo de cineasta que suele tener el mismo número de seguidores que de detractores por su estilo poco convencional.

No sé por qué no lo he conseguido antes, pero desde hace unos días puedo disfrutar una y otra vez de la inteligente lectura del guión original de la película, importado directamente desde los Estados Unidos. Aparte del guión y de unas fabulosas fotografías en color, esta lectura proporciona diversas notas escritas tras la postproducción por el propio Baumbach. Algunas tan sólo son simples anécdotas, como por ejemplo, que Warner Bros les cobraba seis mil dólares por poner un póster de Blow Up de Antonioni en el decorado, por lo que acabaron usando el de La mamá y la puta de Eustache, que era gratis. Pero además de este tipo de curiosidades, en estas notas también se puede apreciar mejor todo lo que el director no utilizó en el montaje final y por qué. Algo muy útil para la gente que escribe guiones, ya que te permite mejorar tu propia escritura en muchos aspectos. Cuando estás en la sala de montaje te das cuenta de qué cosas faltan, de qué es lo que sobra y muchas veces del orden que deben llevar las secuencias. Es puro aprendizaje, y siempre tenemos que tratar de mejorar. Ésta es una buena forma de hacerlo.



El libro también cuenta con una interesantísima entrevista a Noah Baumbach tratada siempre desde el punto de vista del guión. En ella, el director habla de su forma de afrontar el proceso de escritura y de su evolución como cineasta desde los años 90. Me hace bastante gracia la manera que tiene de contar cómo escribe los diálogos porque creo que es algo que la mayoría hacemos: repetirlos una y otra vez en voz alta, tratando de darles el énfasis adecuado para ver si funcionan o no. Es algo que si lo ves desde fuera puede resultar bastante cómico. Ahora me viene a la cabeza una vieja historieta de Buñuel, Jean-Claude Carriére y sus vecinos allá en los años 60. El guionista y el director estaban probando diálogos en casa para Diario de una camarera, interpretándolos en voz alta. Buñuel hacía el papel de chica y Carriére el de chico, provocando la confusión entre los vecinos, que comenzaron a pensar cosas raras.



Ya para finalizar, añadiré que el guión consta de una introducción escrita por Wes Anderson, estrafalario amigo y compañero de Baumbach. Toda ella gira alrededor de un famoso jugador de béisbol los Mets, del padre de Noah y de un restaurante italiano de Upper East Side. Yo me esperaba una introducción algo más extensa, sin embargo, como se suele decir: "lo breve, si bueno, dos veces bueno", como esta enorme película.